domingo, 23 de mayo de 2010

01_ Musica _

(((paréntesis para una opinion)))

El viernes pasado, rechace una suculenta invitación para asistir a la fiesta de aniversario de los 113 años de Drácula (de la novela, vamos, no del conde que ese ya tendrá más) y dediqué ese tiempo a pasearme por la urbe a eso de las 9 de la noche.
Si te tocó la suerte (ya sea buena o mala), de vivir en Santiago, sabrás que no tiene muchas cosas que ofrecer, a menos, claro, que te gusten las películas pirateadas de 3 por mil pesos o que te choquen hordas de familias mal alimentadas de camino al Burger.
No se qué pretendía mi sentido de poco apego a la vida, al hacerme caminar a esas horas desde la Alameda hasta Mapocho. Pero ahí estaba yo, con mis audífonos bien puestos sobre mis frías orejitas, escuchando Carnival of rust de Poets of the fall (que, dicho sea de paso, es uno de mis "recientes" descubrimientos a raíz de mi Finlandia-manía, ains, cada vez me gusta más ese país) y, aun sobre la poderosa voz de Marko Saaresto, escuche lo que parecía ser un cello.
Como buena fanática de Apocalyptica, me tire de cabeza a ver de donde procedía tan melodioso sonido.
Pues bien, sÍ que tengo bien entrenados los sentidos gracias a Eicca, Pertu y compañía, por que sí se trataba de un cello y no solo eso, si no de tres violines y un payaso, si, señores, un payaso.
Estaban en la bajada de una estación del metro, con el maletín de uno de los violines abierto a la caridad de las personas.
No hacia frío, eras las horas previas a una lluvia que duraría toda la noche, pero aún no caía ni una gota. La gente estaba celebrando el día de las Glorias Navales saliendo a ver escaparates y en medio estaba yo, temiendo por mi vida al ver las calles tan desocupadas cuando, de pronto y sin aviso, me encuentro con estas maravillas.
Por un momento demaciado breve (por que ya estaban terminando cuando llegué), disfrute de el movimiento al unísono de esos cuerpos y de esas almas musicales que levantaban la vista de vez en cuando para ver a quienes los estabamos observando, pulsando las cuerdas correctas, moviendo los arcos, eran pura harmonia, destilaban una placida aura que hizo que, por un momento, me olvidara donde estaba.
¿Envidia? Si. Y no de la sana (que no creo que exista). Antiguamente Lizzy habría pensado en tirarles algo y creo que alguna vez hice un comentario a cerca de un muchacho que tocaba el violín en la galería de arte del Museo Precolombino "Le robo el maletín y no me alcanza ni Dios".
Pero la Lizzy de hoy es considerablemente más civilizada a la de esos tiempos, cuando aun no descubría lo maravilloso que puede ser apreciar el talento de los demás sin caer en las perniciosas garras del bichito de la envidia, que tampoco creo que sea envidia como tal, si no un totalmente comprensible "Quiero ser como el/ella T_T, maldición, ni si quiera se tocar la guitarra, me odio".
Tiempo ha pasado y la visión de ese grupo tocando bajo las luces naranjas, rodeados de personas, con una señora extraña (a quien, extrañamente, conozco) bailando al son de las melodías y el sonido de las monedas al caer una sobre otra y luego, los aplausos llenar el ambiente. Me hizo recordar la fallida aventura de Joshua Bell (famoso violinista) en una estación del metro de Washington donde, por mas hermosas que fueran sus interpretaciones, sólo contó con algunas monedas arrojadas al azar por entes que ni si quiera se imaginaban que ahí, AHÍ, A DOS PASOS, estaba tocando para ellos y de manera excepcional (pues al señor Bell suelen molestarle hasta los estornudos en sus conciertos) uno de los violinistas más reconocidos en el mundo.
Y ahí estaban ellos, tocando felices mientras guardábamos silencio y todos sonreíamos sin saber por que, un hombre que pasaba por ahí también se asomo y también se reía al verlos, jóvenes y talentosos, esa es la reacción que causan.
Luego que todos dejáramos una ofrenda monetaria en agradecimiento, guardaron sus cositas y se fueron.
Yo volví a ser atrapada por las garras de los “poetas” y retome mi camino pensando en lo deliciosas que son esas sorpresas que nos da a veces la vida, en que no importa lo deprimente que sea salir a una ciudad gris el lunes por la mañana. Hay alguien, en algún lugar, en alguna esquina, en alguna estación de metro o en alguna galería, que sabe hacer magia, que te cambia el animo con un par de notas y a cambio solo hay que dar una moneda (y ni si quiera eso por que, vergonzosamente, muchas personas disfrutan del show y después se van, vamos, el equivalente a un asalto a mano armada al talento de estos jóvenes músicos).
Solo hace falta salir a buscarlos, no importa la hora, no importa el día y tener la mente receptiva a los sonidos de la ciudad.
Lizzy
pd: pronto el próximo capítulo, a más tardar este viernes, lo prometo.

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